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Bienvenido a la sección de Antologías

En esta sección se encuentran los libros en los cuales tuve el placer de participar.


Por un tema de propiedad intelectual, sólo muestro el cuento con el cual participe en cada caso.


Sinceramente espero que lo disfruten.



Si desea leer más lo invito a pasar por mi blog.

Constanza

Al entrar en la habitación lo vio. Inmóvil. A lo sumo un leve vaivén causado por la brisa que entraba por la ventaba abierta.

Constanza se quedó en el umbral de la puerta mirándolo fijamente, notó que la cara mostraba un leve color azulado y los labios estaban de un color oscuro e intenso, pero eso fue todo.

Lentamente, intentando hacer el menor ruido posible, caminó pegada a la pared. No podía quitar los ojos de su padre. Finalmente llegó al otro extremo de la habitación y cerró la ventana.

La soga emitió un leve crujido de tensión.

Volvió a la puerta de la misma forma y la cerró.

Ahora cenaba sola en el gran comedor, ni se molestaba en prender las luces. ¿Para qué? A la noche lavaba sus vestidos y los colgaba sobre la tina del baño. Después subía las escaleras intentando no pisar el sexto y el décimo escalón, que crujen, no sea cosa que moleste a su padre mientras descansa. Acomodaba la ropa sobre la silla del gran espejo y se acostaba desnuda bajo la gruesa manta.

Como todas las noches, lloraba hasta quedarse dormida.

Constanza tuvo un amor, hace muchos años ya. Él, por razones que ella desconoce o prefirió olvidar, tuvo que marcharse. En un principio llegaba una carta todas las semanas, pero eso duró sólo unos meses. Luego, se fueron espaciando cada vez más, hasta que finalmente llegó el día en que dejaron de aparecer cartas bajo el gran portón de entrada. Constanza tenía todas las cartas en una vieja caja de zapatos guardada en su placard, aunque jamás había abierto ninguna. Las miraba y, en la mayoría de los casos, emitía un leve suspiro mientras una tímida sonrisa aparecía en su boca, pero eso es todo.

Por las mañana, al levantarse, se ponía rápidamente la ropa porque el frío del suelo la estremecía. Luego se peinaba tranquilamente en plena oscuridad. Mantenía siempre cerradas las persianas, la luz ya le molestaba en cualquier momento del día. Bajaba al comedor evitando pisar el décimo y el sexto escalón. En la sartén tostaba un poco de pan y lo untaba con una crema a base de manteca que preparaba todos los domingos. Generalmente después iba al sótano y se acurrucaba en un rincón a escuchar la vida moverse por las paredes de la casa.

Le gustaba bañarse, llenar la tina hasta el borde y sumergirse. Se quedaba hasta que el agua se enfriara lo suficiente para morarle los labios. Eso siempre le hacía recordar a su padre.

Su padre… jamás había vuelto a abrir la puerta de su cuarto. Pasaba por delante a diario, si, porque estaba en mitad del pasillo y necesariamente debía pasar por allí. Se limitaba a pegar la oreja a la madera e intentaba escuchar algún ruido. Pero eso era todo.

Un día, pensando en las trivialidades que cualquier jovencita normal suele pensar, se dio cuenta de que no recordaba el sonido de su propia voz. Intentó decir algo, pero había olvidado como hacerlo. Jamás volvió a pensar en ello.

En las noches de luna nueva, cuando el cielo estaba cerrado, le gustaba salir a su jardín, cuidar un poco de sus flores. Las regaba y olía sus exquisitos aromas. Para poder hacerlo mejor, se había acostumbrado a caminar en cuatro patas por el jardín, intentando mantener el torso lo más próximo al suelo como le fuera posible. Muchas noches continuaba con esa costumbre dentro de la casa, el olor a la madera siempre le había fascinado.

Una tarde, después de un relajante baño, al pasar por la puerta de la habitación de su padre, puso el oído contra la madera como acostumbraba. Escuchó un leve ruido proveniente del otro lado.

Sacó la llave del bolsillo de su vestido y la introdujo lentamente en la cerradura. Sólo emitió un leve chasquido al girarla completamente dos vueltas. Con movimientos lentos, viró el picaporte.

Su padre seguía ahí, en la misma posición que la última vez que lo vio. Pero había algo nuevo en la habitación. A ella se le iluminaron los ojos y en su boca se formo una gran sonrisa.

Al lado de su padre había otra soga colgando y, debajo de ésta, la silla del escritorio de la habitación. Constanza no pudo contener su alegría y aplaudió excitada.

Se subió a la silla y paso la soga por su cuello de la misma forma en que la tenía colgada su padre.

Con un leve empujón, dejo caer la silla al suelo.

Y eso fue todo.

FIN




Del libro "Cuentos de Oro y Plata". Ganadores del Concurso Literario "Primo M. Belleti" año 2006. SADE Villa María

Cómo

La casa estaba dormida. No había un solo movimiento. En la cocina podían verse platos recién lavados, todo estaba en orden. Todo… Salvo una de las habitaciones.

La cama de dos plazas estaba desecha, con el cobertor caído en uno de los costados. Los veladores estaban prendidos y daban cierto color ocre a la blanca pared. La televisión estaba apagada y el sol empezaba a mostrarse en el horizonte.

La pareja se encontraba en medio de una danza estática, sus cuerpos sin movimiento, propietarios de una belleza especial…

Ella tenía cabellos oscuros y una boca no muy carnosa, pero lo suficiente para que cualquier hombre la deseara. Los pechos, ahora desnudos, eran dos esferas perfectamente redondas, coronadas por el rosado pezón. Su cintura, un poema entre el pecho y las caderas. Las sabanas tapaban el resto.

Él tenía puesto un pantalón gris y el pelo corto, castaño. Totalmente lampiño, se notaba que era o había sido cliente de algún gimnasio, porque tenía un físico trabajado. Estaba acostado encima de las sabanas, sin protección alguna.

Lo único que hacia extraña la escena, eran los seis agujeros que él tenía: Cinco en el pecho, y el sexto en la cabeza. Los disparos habían sido aleatorios: No marcaban puntos específicos. Creo que ninguno le dio en el corazón. El hoyo en su cara estaba cerca del ojo izquierdo y desfiguraba levemente su rostro.

Con ella, el trabajo había sido completamente diferente: Un corte cruzaba todo su cuello, pero ese sólo había sido el final. Antes había recibido múltiples punzadas en todo el pecho y la espalda. La escena dejaba ver la violencia y la resistencia de los participantes. Las sabanas, ahora rojas, se mezclaban con ellos. Las paredes estaban apenas salpicadas.

Yo estaba en cuclillas, a pocos pasos de la puerta. Observando, solo observando; tomando notas mentales.

Entonces escuché el crujir de la madera del piso a mi espalda.

Ahí estaba, parado. Sus ojos abiertos de par en par, miraban sin mirar. Su estatura era baja, su pelo oscuro pero brillante caía hasta casi tocar los ojos. Yo lo miraba con asombro. Cuando recorrí la casa no lo vi. No entendía de donde había salido. Vestía unos pijamas celestes con unos dibujos. Sea como fuere, el niño estaba ahí parado, mirando lo que quedaba de sus padres.

¿Alguien puede decirme cómo se le explica esto a un niño? Sus ojos, perdidos en ningún punto, empezaban a llenarse de lágrimas. No movía ningún músculo. Su boca, apenas abierta, ayudaba a que respire. No estoy seguro de si comprendía, pero veía en su cara su amargura, su angustia. ¿Podía entender que…? Parecía que si, no sé… ¿Cómo? ¿Cómo se le hace entender que…? ¿Cómo se le dice? Que tiene, ¿5 años? Yo lo miraba, atónito. Él… Miraba al vacío. Sus ojos dejaron caer las primeras lágrimas.

Yo no pude moverme; tan solo lo observaba. No tenía palabras. No conocía las palabras.

¿Cómo se le explica? Yo no puedo...

La vista se me nubló un poco por las lagrimas que se iban acumulando. De mi ojo izquierdo cayó la primera. Mientras rodaba por la mejilla, saqué el cuchillo aun ensangrentado del bolsillo. Mi mano sintió su peso. Me acerqué lentamente y, por primera vez, me vio. Su cara lo dijo todo.

Una lágrima cae ahora desde mi ojo derecho en una danza íntima. Empiezo a escuchar la música y no puedo evitar sonreír.

El sol se refleja en el cuchillo y este da un destello. El niño mira la hoja y sus ojos se abren levemente; se nota el miedo en su respiración... Y yo no puedo dejar de sonreír.

Pienso: "Lo voy a disfrutar, voy a hacerlo bien lento".

¿Saben qué? Hoy, soy feliz.

FIN




Del libro integrado por los Ganadores del Concurso "Caminando entre Sueños" año 2008. Ediciones Andrónico

La Puerta

Esa mañana no podía despegarme de la almohada, mientras el despertador seguía intentando a los gritos recordarme que ya estaba atrasado para ir a trabajar.

El agua de la ducha ayudó un poco, haciéndome volver a la realidad, pero me tomó prácticamente media hora terminar de bañarme y otra media hora vestirme. El sueño hacía que todo se moviera más lento.


Al llegar a la puerta de calle, noté que había un sobre en el piso. Seguramente lo debió haber dejado el portero ayer a la noche y no me di cuenta.

El sobre tenía remitente del municipio de Caviahue-Copahue, en Neuquén. Eso me extrañó un poco, ya que no conocía a nadie de aquel lugar. Es más: Nunca había ido. Dentro del sobre había una hoja con el membrete oficial del municipio, y una cordial pero austera carta en la que me explicaban que un tío-abuelo mío (de cuya existencia yo no tenía conocimiento) había fallecido, y que yo era el único heredero.

Automáticamente se me fue el sueño que tenía.


Releí la hoja una y otra vez, para cerciorarme de que no lo había imaginado, ni que había insertado palabras producto de mi mente. Me senté para ordenar mis pensamientos; todo parecía aún un sueño. Al volver a guardar la hoja dentro del sobre me di cuenta de que había algo más adentro: Un pasaje en avión para ese mismo día, hacia Neuquén.

Sin terminar de comprender todo, llamé a mi trabajo y expliqué que tenía que viajar por la muerte de un familiar. Por suerte no me hicieron ningún problema.


El avión salió extrañamente a horario y el vuelo fue tranquilo. Llegada la hora del snack, dio pena ver como el servicio de catering sucumbió ante la economía del país.

Una vez más en tierra, no tuve problemas con la aduana local porque fui sin equipaje. Al salir del cuarto de “Arribos”, vi a un hombre mayor prácticamente calvo, de ojos hundidos y con grandes ojeras, sosteniendo un cartel con mí apellido mal escrito.

Me acerqué a aquel pobre hombre y me presenté. Me miró con ojos cansados, dejó de sostener el cartel a la altura de su pecho y dijo algo que no llegué a entender, mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la puerta.


El viaje hasta el municipio fue tranquilo. Yo aproveché para disfrutar de los hermosos paisajes. Al bajar, el viejo chofer me dio la mano y nuevamente dijo algo que no llegué a entender.


Apenas entré al municipio me encontré con Gutiérrez, el abogado que había firmado la carta sobre mi tío-abuelo. Era un hombre relativamente bajo y ancho, con un bigote demasiado fino para su contextura que le daba un aire gracioso. El remate del chiste, sin embargo, fue su creciente calvicie, que intentaba disimular con los cabellos de los costados de la cabeza.


En ese momento me enteré que mi bisabuelo había estado por esas pampas; y se ve que el picarón anduvo coqueteando con alguna lugareña. Me pregunté si mi abuelo supo alguna vez que tuvo un hermano.


Gutiérrez me entregó un nuevo sobre, aclarando que era una carta que me dejó mi difunto tío-abuelo.

Encontré dentro un par de hojas amarillas por el tiempo, llenas de una caligrafía exquisita. Me contó en aquellas líneas parte de su vida y que, siendo el único familiar que le quedaba, todo lo que él poseía era ahora mío. No puedo decir que había en esas palabras algo extraño, pero un tinte de temor se dejaba traslucir a través de ellas. De lo que no tenía ni idea, era qué o quién le inspiraba ese terror.


Gutiérrez me entregó las llaves de la casa junto con un pequeño papel donde estaba anotada la dirección. Le di la mano y me retiré del municipio.

Esperaba encontrar afuera al viejo chofer, pero al parecer tenía otras cosas para hacer. Paré un taxi en la calle y le leí la dirección del papel. El taxista me miró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se arrepintió.


La casa de mi tío-abuelo estaba en las afueras de la ciudad. No era lo que se dice una vivienda humilde, o al menos no era lo que yo esperaba que tuviera algún familiar mío.

Dentro, la gran casa mostraba su verdadera cara: El empapelado hecho jirones, varios vidrios rotos y la suciedad que se había apoderado de cada rincón.

Las habitaciones eran desastrosas, abandonadas hace años a su suerte. Me estaban haciendo considerar el estado mental del recién fallecido.

En el segundo piso encontré, casi ocultas, unas finas escaleras, y lentamente comencé a subirlas. El quinto escalón hizo un ruido hueco cuando lo pisé, cosa que me llamó la atención, pero no le di mayor importancia.


Aparentemente, mi tío-abuelo vivía en el altillo que había en el tercer piso, ya que era el único lugar donde encontré una cama con colchón; y a los costados algunas latas abiertas con gusanos dentro.

Lo que sí me llamó la atención, fueron una serie de dibujos que estaban marcados en el piso: Tenían cierta apariencia geométrica, pero no eran iguales a nada que hubiera visto antes.


Sin darme cuenta, el tiempo fue pasando y la luz exterior fue disminuyendo. Prendí las velas que había en la precaria mesa junto a la cama con una caja de fósforos que encontré en la misma mesa, y corrí asqueado hacia la otra punta del altillo las latas llenas de gusanos.

Cuando me senté en el viejo colchón un escalofrío recorrió mi espalda y se apoderó de todo mi cuerpo. Noté con terror que la luz de la vela sólo alcanzaba a iluminar hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Después de aquella blanca línea, el resplandor se cortaba como si hubiera una cortina negra.

Temblando, subí los pies a la cama y me arropé con la agujereada frazada, sin dejar de mirar la azabache oscuridad que se extendía delante de mí.


Estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose interminablemente con un sonido agudo. Intenté esforzar mis oídos, tratando de percibir algo más, pero no sirvió de nada.

La espera era insoportable.

De pronto algo cayó en alguna parte de la casa y rodó por el piso unos metros. Mis músculos se petrificaron de tanto temblar. Ahora estaba seguro: Ya no estaba solo en aquella casa.

Escuché un nuevo ruido, un sonido hueco, como de madera al ser pisada. En ese momento, mi miedo era tal que prácticamente ni respiraba.


Detrás del muro de oscuridad, escuché sutiles pasos sin rumbo. También había una respiración entrecortada, como si algo estuviera olfateando.

En ese momento estuve tentado de apagar la vela, no quería que notara mi presencia en realidad. Pero cuando escuché como -Lo que fuera que hubiera ahí- se abalanzó sobre una de las latas con gusanos y comenzó a devorarla con exquisito placer, no pude ni siquiera parpadear del terror que me poseía. Noté incluso como mi pantalón se mojaba en mi entrepierna.


Pasaron unos segundos interminables en los cuales no escuché absolutamente nada hasta que, nuevamente, el sonido hueco de la madera rompió con aquella espera.

No sabía si estaba subiendo algo más, o si mi acompañante estaba bajando. Después de eso, no se escuchó nada más en toda la noche.


Por la mañana me sentía terriblemente cansado y me dolía todo el cuerpo. Me había orinado por el miedo que aún sentía y no tenía voluntad para bajar de la cama, pero tampoco quería pasar un segundo de más en ese lugar.


Finalmente, y juntando coraje de no sé dónde, me levanté de la cama. El lugar parecía nuevamente desierto. Arrastrando mis pies llegué hasta donde estaba dibujado el mayor de los círculos. Me daba miedo cruzarlo.

Fue en ese momento que vi lo que había quedado de la lata que aquella abominable criatura (si es que realmente era algo vivo) había atacado unas pocas horas atrás.

Presa del pánico retrocedí torpemente y, sin querer, mi pie se enganchó con un alambre que había en el piso, haciéndome perder el equilibrio y golpeándome fuertemente la cabeza contra el esquelético metal de la cama.


Cuando desperté casi no podía ver, en parte porque un hilo de sangre que había pasado justo por delante de mi ojo izquierdo; y en parte porque el Sol acababa de morir bajo los montes cercanos. La cabeza me dolía enormemente, pero por fortuna mi herida ya había cicatrizado.


Todavía aturdido por el golpe escuché -Como había hecho la tarde anterior- el ruido de una puerta abriéndose lentamente, quejándose con un sonido agudo.

Me arrastré hacia la mesa que estaba al lado de la cama y, tanteando en la creciente oscuridad, encontré las velas.

Presa del pánico, busqué la maldita caja de fósforos sin suerte.

Escuché el sonido hueco de la madera del quinto escalón de la pequeña escalera en el momento justo en que mi mano cayó sobre la esquiva caja de fósforos. Rápidamente y temblando de miedo, abrí la caja, saqué un fósforo y lo raspé contra el costado, logrando que emita un par de chispas pero sin prender.

Escuché pasos acercándose y la respiración entrecortada con un leve matiz de excitación.

Probé encender el fósforo una vez más, raspando la colorada cabeza contra el costado de la caja. Emitió nuevamente un par de chispas y, de repente, un halo de luz se formó milagrosamente alrededor de la cerilla. El pequeño fuego ardió parpadeante.


Una rápida brisa, como si alguien -O algo- hubiera soplado, apagó mi intermitente salvación.

Retrocedí temblando buscando otro fósforo en la pequeña caja. Tirando varios en el intento, logré finalmente agarrar uno con mis dedos y rápidamente lo raspé, prendiéndolo al instante. Instintivamente lo solté y repetí la acción.

Una y otra vez hice lo mismo; dejando en mi caótica huida migajas de fuego.


Muerto de miedo y temblando ante el horror desconocido, subí a la cama y choque contra la pared.

El fuego se aferró a algo (creo que a la agujereada frazada que abandoné en mi retirada) y las llamas se extendieron hacia las paredes del altillo.

El lugar se iluminó, pero sólo hasta donde estaba trazado el mayor de los círculos en el piso. Detrás de la pared oscura; podía escuchar pasos que iban y venían ansiosos.

El fuego alcanzó el techo, y excepto la cama donde estaba, las llamas estaban consumiendo prácticamente todo lo que había dentro de los círculos.

La única salida posible era la pequeña ventana que estaba sobre la cama y, sin realmente pensarlo, salté al vacío atravesando los cristales.

La caída de tres pisos era mejor que el descubrir lo que respiraba en las sombras de esa inmensa casa abandonada.


Cuando llegué al piso, sentí los huesos de mis piernas doblarse y reventar. El dolor fue terrible, pero en parte fue amortiguado porque no caí sobre la dura tierra, sino sobre unas maderas cubiertas de musgo y pasto.

Pasé a través de los tablones cayendo sobre la roca desnuda. Rodé un par de metros golpeándome una y otra vez, hasta que finalmente todo se detuvo.

Terminé tendido sobre el piso rocoso, sin poder mover ningún músculo debajo de mi cuello. El resto de mi cuerpo yacía inerte, sin responderme.


Logré mirar hacia el hueco que abrí al caer, y con horror observé que las maderas que había traspasado no eran otra cosa que el techo del sótano. Salté al vacío para terminar nuevamente dentro de esta abominable casa.


Fue en ese momento que escuché detrás de mí un ruido agudo, y al voltear vi en la otra punta del sótano una vieja puerta que se abría lentamente.

FIN




Del libro integrado por los Ganadores del Concurso "Continuidad de las Voces" año 2011. Editorial de los cuatro vientos

Enfermo

Carlos era deportista, o al menos, lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía, él salía a correr bastante. Además, los viernes jugaba con sus amigos al fútbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. A decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero cerca de los treinta años y en buen estado, era codiciado por ambos sexos.

Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos les pareció extraño, pero no le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El lunes siguiente faltó al trabajo sin previo aviso y Recursos Humanos mandó, como suele hacer, un médico a su domicilio. El clínico estaba a punto de irse después de tocar el timbre varias veces, cuando Carlos abrió la puerta.


-Buenos días, soy el doctor González -se presentó, intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.


Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo adentro y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más perturbó al médico fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.

Le tomó la temperatura y la presión. La primera dio bien, pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Aliviado, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.

Pasaron dos semanas sin que se supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a Recursos Humanos a pedir la dirección del de­saparecido. En un principio, RRHH no quería darles información por considerarla personal, pero la pobre empleada del sector se vio doblegada por la pequeña muchedumbre y luego de un rato cedió ante el pedido.

Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos. Golpearon la puerta varias veces, hasta que escucharon ruidos adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con los hombros casi a la altura del estómago y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.

Carlos reconoció a más de uno en forma instantánea. Intentó sonreír sin lograrlo y con un gesto los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbando y varias cosas que nadie sabía cómo catalogar.

Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Sin previo aviso, su emoción fue interrumpida por convulsiones y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente, echando espuma por la boca.

Cuando su cuerpo cayó al piso, ya no respiraba. Carlos tenía los ojos totalmente blancos clavados en un punto lejano, mientras su renegrida lengua viscosa se dejaba ver afuera de la boca.

A pesar del horror de la situación, Miguel, uno de sus compañeros de trabajo, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró la mano para tomarle el pulso. Cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó que la joroba del caído se movió rápidamente. Miguel saltó hacia atrás presa del terror.


-¿Alguno vio eso?

-La joroba... está viva -tartamudeó alguien desde atrás.


En efecto, la joroba de Carlos se sacudió y, muy despacio, se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Uno del grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.

La remera de Carlos se abrió por la espalda, desde el cuello hasta la cintura. La rasgó un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Acto seguido, aquel dedo salió muy despacio, dejando al descubierto que era muy largo, casi de un metro hasta donde se podía ver.

Uno del grupo logró salir de su estupor y, en forma muy lenta, empezó a caminar hacia la puerta sin dejar de mirar aquel abominable dedo. Cuando una segunda falange se asomó, su horror fue tal que giró y corrió hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron que Miguel estaba parado en una posición extraña y sus ojos, ahora completamente blancos, miraban al vacío. En su pecho, una horrible araña se acomodaba aferrándose fuertemente.

La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor era de un color rosado blancuzco.

El hombre que estaba más cerca de la puerta le gritó a sus compañeros que huyeran, cuando otra araña que caminaba por el techo lo aferró por la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta de que más bestias habían aparecido en la sala.

El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, se asomó a la vereda y miró con sus ojos blancos hacia ambos lados de la calle. Luego, medio encorvado, cerró la puerta.

En la casa ya no se escuchaban más gritos.

FIN




Del libro integrado por los Ganadores del Concurso "Lo Ominoso" año 2015. Editorial Thelema